Una mañana nublada entramos en un túnel con niebla tan densa que el sonido de las gotas parecía orquesta. Salimos al valle y apareció un arcoíris completo. Aprendimos a parar, respirar y aceptar que lo imprevisto puede mejorar cualquier itinerario cuidadosamente preparado. Desde entonces, llevamos siempre una capa extra, una linterna confiable y la certeza de que la paciencia abre paisajes que el apuro jamás alcanzará a mostrar.
Cuando el viento de levante puso a prueba nuestras fuerzas, una antigua estación convertida en museo de aceite nos abrió sus puertas. Entre piedras de molino, probamos tostadas y rehicimos el plan. A veces el mejor avance sucede descansando, conversando y cambiando de perspectiva. Salimos con el cuerpo renovado, un itinerario más amable y la convicción de que cuidar el ánimo es la pieza clave de cualquier travesía memorable.
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